Me llevé la mano a la mejilla, mientras se me acristalaban los ojos de odio. Él me seguía gritando, el muy hijo de puta:
- ¡¡¡Qué te crees, qué a mi no me duele?!!!
Y tras un silencio se respondía él mismo a gritos, para escucharse bien:
- ¡¡¡Me duele a mí más que a ti!!!!
El cabrón había estampado toda su mala hostia sobre mi mejilla y encima pretendía que yo me compadeciese de él, y viera lo buen padre que estaba siendo.
Sus ojos rojos delataban la colera desatada, que había desbordado su descontrol, y que había ido a chocar contra mis huesos
Noticia
viernes, 18 de agosto de 2006
Flashback
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