Movías el culo con un aire de lascivia
propio de quien sabe que éste está siendo observado.
Insinuabas todo aquello que una mente puede imaginar
que se esconda debajo de tu falda de colegial.
Tu camisa blanca confesaba que nada debajo
sujetaba aquellos pequeños pechos
que se oponían a cualquier ley de la gravedad,
y es que tu temprana edad,
tu cara entremezclada de lascivia y de inocencia
tus mejillas sonrosadas, y tus labios inflamados
por el deseo de ser envenenados por otros labios,
no permitían otra posibilidad: El deseo
Noticia
jueves, 3 de mayo de 2007
El deseo
Etiquetas:
Novela
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario