Noticia


domingo, 10 de octubre de 2010

Ella

Había en ella una dulzura rendida, una aceptación eterna que poco tenía que ver con la edad ni con la renuncia.
Más bien era que no reclamaba nada, ni esperaba nada.
La muerte y la pérdida cercana habían templado su carácter por medio del dolor.
al aprender a vivir con el suyo, había desarrollado la capacidad de absorber el dolor ajeno.
Cualquiera que fuese su pena o su frustración, todos se volvían hacia ella
y experimentaban alivio, porque no imponía obligación ni agradecimiento
a cambio de su comprensión
"El Valle de los Caballos" de Jean M. Auel