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viernes, 7 de marzo de 2008

Que nos dejen en paz


Se suele decir que, ante las elecciones, los discursos políticos se radicalizan para regresar después a una "normalidad de la discrepancia" y que no conviene tomar en serio los excesos retóricos en los períodos electorales. Ese punto de vista, que significaría aceptar que la impostura es consustancial a las elecciones, ni siquiera puede servir de cínico consuelo en la actual situación política española. Porque el problema es que el Partido Popular se ha declarado en período electoral permanente desde el día siguiente de las elecciones del 14 de marzo de 2004, y sus desmanes verbales, constantes desde hace tres años, muestran una actitud que tiene graves consecuencias.
La primera es que revela su no aceptación de la derrota electoral de 2004: por mucho que de vez en cuando algún líder conservador diga que sí la aceptaron, la acusación de que el Gobierno se ha servido del terrorismo de ETA, cuando no ha colaborado con él, para contribuir a la destrucción del país, y el empeño por relacionar a ETA con el 11-M, sugiriendo una conspiración para llevar al PSOE al poder, han supuesto de hecho la negación de toda legitimidad al Gobierno. Una estrategia que continúa pese al anuncio del fin de la tregua de ETA, pues la leve rebaja del tono de las críticas se condiciona al seguidismo por parte del Gobierno de las tesis populares.

La segunda consecuencia es que la radicalidad del discurso del PP ha pasado de retórica preelectoral a ser eje de su acción política. Las exageraciones y mentiras catastrofistas de los conservadores españoles no son "tics franquistas" destinados a recabar el voto de la extrema derecha, sino la columna vertebral de una movilización política constante, de claro contenido neofranquista, que pretende hacer imposible el normal ejercicio del gobierno a quien legítimamente tiene el encargo de hacerlo: el PSOE, vencedor de las últimas elecciones generales. Es en ese sentido en el que hay que interpretar las constantes llamadas de los líderes populares a una "rebelión cívica".
Y es importante detenerse en el análisis del carácter neofranquista de la política de la actual dirección del Partido Popular, no porque sirva para descalificar una acción política sino porque es ese carácter el que permite explicar la en apariencia inexplicable deriva fanática de la derecha española.
¿Cuáles son los rasgos que caracterizan como neofranquista la política actual del PP? Básicamente, la recuperación del espíritu de cruzada cristiana por la salvación de una patria en peligro y contra la anti-España, es decir, contra la parte de la sociedad española que es vista como enemiga de la patria y de Dios. La presentación de la ley de educación y del reconocimiento de derechos a los homosexuales como ataques a la libertad religiosa y al orden natural ha contado con el apoyo entusiasta de la Iglesia católica española, cuyos obispos, eternos ausentes de las manifestaciones contra guerras e injusticias sociales, salieron a la calle para escenificar un discurso apocalíptico. A ello se ha unido la acusación de que el Gobierno pretendía comprar la paz a ETA a cambio de la desintegración de España, primer paso de lo cual sería la reforma del Estatuto de Autonomía de Catalunya.

Ese es el discurso: España está en peligro, la Iglesia es atacada, la familia tradicional va a desaparecer, el Gobierno se entiende con los terroristas y traiciona a la patria y a los muertos. Un discurso que adapta al presente el viejo discurso de la dictadura franquista. No es casual que el expresidente José María Aznar dijera que cualquier voto que no fuera al PP serviría para apoyar a ETA o que el Gobierno nos llevaba a una situación de división como la que dio pie a la guerra civil. No son excesos retóricos sino que responden a una idea clave: que solo el PP representa la verdadera España. Para sostenerla, el PP ha debido generar una aparente división del país en dos: el de quienes lo aman y el de quienes lo traicionan. La referencia de Aznar en ese contexto ideológico a lo sucedido hace 70 años no puede ser más inquietante, porque entonces la "verdadera España" se alzó en armas contra el Gobierno legal de la nación, provocando una catástrofe por la que nadie ha rendido nunca cuentas. Y ahí está la clave del problema político español de hoy: los herederos del franquismo, encarnados en este PP resultado de la fagocitación del centrismo de UCD por la extrema derecha de Alianza Popular, se niegan a aceptar la legitimidad de un Gobierno que pretenda una sociedad española más laica, que rompa las últimas ataduras con el pasado de la dictadura, que se atreva a "remover huesos".

El único consuelo es que la Historia, cuando se repite, suele hacerlo como farsa y, en la España actual del desarrollo económico y la expansión de las libertades, la actitud del PP resulta ridícula. Sin embargo, sigue cosechando votos y no debe tomarse a broma porque estamos asistiendo, en realidad, a una lucha política que tiene mucho de combate pedagógico, y bien haría el gobierno del PSOE en comprender que si es en la enseñanza privada católica donde está el vivero del neofranquismo, solo una apuesta decidida por el laicismo puede lograr a medio plazo minar la base social que sostiene políticas tan peligrosas para la convivencia democrática como la que practica la actual dirección del PP.


José Manuel Fajardo