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sábado, 16 de enero de 2010

El sueño de Paco

Paco era jesuita. Jesuita del montón si es que había entonces un montón de jesuitas.
Había caído en un barrio usual, joven, donde no había parroquianos mayores que frecuentaran una iglesia fría y grande, antigua, solemne y poco acogedora.
Paco cumplía por obediencia con su obligación en la parroquia, preparando además la homilía como pocos hombres lo harían en la ciudad con tan poco auditorio. Casi nadie sabía de sus palabras, porque los pocos que se dejabna caer por ahí no tenían la menor aceptación entre el barrio, y por eso mismo terminaban en aquella antigua iglesia, donde nadie les hacía sentirse diferentes, ni solos, aunque fuera el lugar donde mayor soledad física se respiraba. El resto del mundo tampoco sabía de sus palabras porque tampoco conocían a Paco, o al menos no sabían que Paco era el jesuita que tocaba las campanas de la vieja iglesia y oficiaba las misas que nunca tuvieron la menor intención de escuchar.
A pesar de que la compañía le proporcionaba un lugar donde vivir y un pequeño sueldo para sobrevivir, Paco buscó un trabajo cuando llegó, primero de barrendero y luego de camarero en un bar, quizás tan viejo como su iglesia, pero con muchos más parroquianos. Allí creo lazos con los hombres del barrio, haciéndose de querer, pero nunca nadie intentó entrometerse en su vida. Se grangeo un sitio en el barrio y en el corazón de sus parroquianos, por su confianza, por su saber escuchar, manteniendo en secreto, lo que en parte era una obligación para él. Su saber decir la palabra precisa en el momento perfecto, hizo que incluso gente fuera al bar sólo para hablar con él, para pedirle su opinión que luego se convertía en Palabra de Dios, pues era indudable. La gente sabía de él donde vivía y lo grande de su corazón, pero nada de porque vivía solo, o que era jesuita, cosa que no ocultaba, pero por la que nadie se interesó.
Cuando murió el propietario del bar, lo donó, por sorpresa a Paco, y Paco no pudiéndolo aceptar lo donó a la compañía y la compañía, conocedora de la labor de Paco lo convirtió en parroquia, sin modificar ni un centímetro su mobiliario.
Desde entonces Paco tiene abierto su templo casi 24 horas al día. Allí la gente va al encuentro de la compañía de Jesús sin saberlo, busca refugio en sus palabras, que son una traducción de las de Jesús.
Los sábados por la tarde y los domingos Paco invita a una ronda a media mañana. Sin desmerecer el resto de días, esa tarde y mañana, el bar se llena, de hombres y mujeres que vienen a brindar, a hacerse el aperitivo de lo que luego será la comida familiar, entonces, desde detrás de la barra Paco empieza a hablar con alguno, poco a poco el resto de los clientes baja la voz para escuchar a Paco que se ha proclamado con sus palabras y más con sus hechos en ejemplo. Entonces con sus palabras, oficia, y acerca los valores del evangelio desde detrás de la barra. Habla y la gente escucha con atención lo que les quiere contar, recuerda en memoria lo que un día pasó, recuerda el amor y el sentido de la vida, llena de sentido las vidas de sus clientes y les hace caer en la cuenta de la belleza que tienen entre sus manos. Cuando todo el mundo recuerda que es feliz, entonces Paco, invita a que la gente se abrace y se acerque la paz, unos a otros, para terminar invitándoles a brindar por el amor, que a fin de cuentas es lo que cuenta.
Nadie sabe de Paco, ni sabe de su otra parroquia, pero eso, realmente, que más da.