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viernes, 15 de julio de 2011

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Ella se inclinó y le besó de nuevo en la boca, en el cuello, los hombros y el pecho, y a continuación los pezones. Luego, en un súbito cambio, Ayla se arrodilló a un costado de Jondalar y se agachó sobre él, deslizándose hacia abajo hasta aferrar el órgano dilatado. Mientras tomaba todo cuanto podía en su boca cálida, él sintió cómo la húmeda tibieza de Ayla encerraba el extremo sensible de su virilidad y llegaba aún más lejos. Ayla retrocedió lentamente, provocando la succión, y él sintió un tirón que parecía partir de un lugar interno y profundo y extenderse a todos los rincones de su cuerpo. Cerró los ojos y se dejó llevar por el placer cada vez más intenso, mientras ella movía las manos y la boca tibia y exigente ascendía y descendía por el largo vástago de Jondalar.

Ayla tanteó el extremo con su lengua exploratoria, después trazó rápidos círculos alrededor y él empezó a desearla con más apremio. Ella extendió la mano para sostener el blando saco que estaba debajo del miembro, y suavemente palpó los dos guijarros misteriosos, blandos y redondos, que había dentro. Cuando las tibias manos femeninas abarcaron el saco blando, él experimentó una sensación distinta, grata, pero con un toque de inquietud por ese lugar sensible, que parecía estimularle de otro modo.

Ella se apartó y miró a Jondalar. El placer intenso que él sentía con ella y con lo que hacía se manifestaba en su cara y en sus ojos al sonreír alentándola. Ella disfrutaba proporcionándole Placer. Eso la estimulaba de un modo diferente, pero profundo y sugestivo, permitiéndole comprender un poco por qué a él le agradaba tanto complacerla. Después, la joven le besó; fue un beso largo y prolongado, tras de lo cual retrocedió un poco y le pasó una pierna por encima sentándose a horcajadas sobre Jondalar, de cara a sus pies.

Sentada sobre el pecho de Jondalar, Ayla se inclinó y tomó entre sus manos el miembro duro y palpitante. Aunque estaba duro y dilatado, la piel era suave, y cuando ella lo sostuvo en su boca, lo sintió liso y tibio. Cubrió toda su extensión con besos suaves y pequeños mordiscos. Cuando llegó a la base, continuó un poco más en busca del saco blando, lo introdujo suavemente en su boca y sintió las firmes redondeces interiores.

Jondalar se estremeció cuando llamaradas de inesperado Placer le recorrieron el cuerpo. Casi era demasiado. No sólo las sensaciones tumultuosas que experimentaba, sino la visión de Ayla. Ella se había elevado un poco para alcanzarle, y como tenía las piernas abiertas a ambos lados del cuerpo del hombre, él podía ver los pétalos y los pliegues húmedos, intensamente rosados, e incluso la deliciosa abertura. Ayla soltó el saco blando y retrocedió un poco para introducir de nuevo en su boca esa virilidad excitante y palpitante, y succionar otra vez, pero de pronto notó que él la obligaba a retroceder un poco más. Y entonces, en un inesperado arrebato de excitación, la lengua de Jondalar encontró los pliegues femeninos y el lugar de los placeres de la mujer.

La exploró ansioso, totalmente, con las manos y la boca, sorbiendo y manipulando, sintiendo la alegría de darle Placer, y al mismo tiempo la excitación que ella le provocaba al avanzar y retroceder, introduciendo y retirando el miembro masculino, mientras lo succionaba.

Ella llegó muy pronto al límite, estaba preparada y ya no podía soportar más, pero él intentaba contenerse y se esforzaba por prolongar la situación. Le hubiera sido muy fácil entregarse, pero deseaba más, de forma que cuando ella se interrumpió, porque sus sentidos abrumados se lo impusieron, y arqueó hacia atrás el cuerpo y gritó, él se alegró, sintió la humedad de Ayla y rechinó los dientes en un esfuerzo por controlarse. De no haber sido por los Placeres anteriores, sin duda no habría logrado su propósito, pero consiguió contenerse y alcanzó una especie de cima antes de llegar a la culminación.

–Ayla, ¡vuélvete! Te quiero toda –dijo apremiante. Ella asintió, porque había entendido, y como también a él lo deseaba entero, retrocedió y volvió a ponerse a horcajadas encima de él una vez que invirtió la posición del cuerpo. Se alzó un poco, introdujo en su interior la plenitud de Jondalar, y después bajó el cuerpo. Él gimió y pronunció el nombre de Ayla varias veces cuando sintió que la abertura profunda y tibia le recibía. Ayla percibió presiones en lugares sensibles diferentes, mientras se elevaba y descendía, guiando la dura plenitud que estaba en su interior.

En la cima que él había alcanzado, su necesidad no era tan urgente. Podía tomarse un poco de tiempo. Ella se inclinó hacia delante, en una posición algo distinta. Él la apretó contra su cuerpo, para alcanzar los pechos seductores, se llevó uno a la boca y chupó con fuerza; después buscó el otro, y finalmente los sostuvo juntos y los succionó simultáneamente. Como sucedía siempre que succionaba los pechos de Ayla, sintió la agitación estremecida en lo más profundo del cuerpo de la mujer.

Ella sintió que su excitación aumentaba más y más, a medida que se elevaba y descendía, se adelantaba y retrocedía encima de él. Entretanto, Jondalar estaba cada vez más en el pináculo, y sentía que ahora sus apremios más intensos se repetían, tanto que, cuando el cuerpo de ella descendía, él la aferró por las caderas y la ayudó a guiar sus movimientos, en el proceso de ascenso y descenso. Sintió una oleada cuando ella se elevó, y de pronto, súbitamente, ocurrió. Ayla volvió a descender sobre él y Jondalar gritó con un temblor estremecido que provenía de lo más profundo de sus entrañas, en una erupción desbordante, mientras Ayla gemía y se estremecía con la explosión que sentía su propio ser.

Jondalar la guió hacia arriba y hacia abajo unas cuantas veces más, y después la apretó contra su vientre y le besó los pezones. Ayla se estremeció de nuevo, y acto seguido se derrumbó sobre él. Permanecieron inmóviles, jadeantes, tratando de recobrar el aliento.

Jondalar se incorporó y ayudó a Ayla a hacer lo mismo. La abrazó y la miró a los ojos.

–Ayla, ha sido algo... ¿qué puedo decir? No encuentro palabras para explicártelo.

Ayla vio en los ojos de Jondalar una expresión tan profunda de amor y adoración, que parpadeó para contener las lágrimas.

–Jondalar, ojalá yo tuviese palabras, pero ni siquiera conozco los signos del Clan que te expliquen lo que siento. Ignoro si existen.

–Pero, Ayla, ya me lo has demostrado, y con cosas mucho más importantes que las palabras. Me lo demuestras todos los días, de mil maneras diferentes. –De pronto, la atrajo hacia él y la apretó con fuerza, mientras sentía un nudo en la garganta–. Mujer mía, Ayla mía. Si llegase a perderte...

Ayla no pudo reprimir un escalofrío de miedo al oír estas palabras, pero se limitó a abrazar con más fuerza a Jondalar.

Las llanuras del tránsito
Jean M. Auel