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viernes, 25 de febrero de 2005

Aprendiendo a andar

Ayer estuve aprendiendo a andar.
Hecho la vista atrás y me da la sensación de que hace un siglo que pasó todo. El tiempo pasa tan lento y tan rápido.
Era un martes 21 de diciembre cuando mi vida decidió que ibamos a andar otros caminos (que ironía "andar" otros caminos. Fue ponerse a jugar, sudar como un gorrino, romperse el tendón, pensando que era un calambre y hospital, ... escayola hasta la cintura, y te vamos a operar, y mi vida se para, y la de los demás sigue. Cambio de planes: olvídate de hacer esto, lo otro, y lo de más allá, y mira desde esta nueva posición que es lo que puedes hacer. El optimismo lo espoleo para fuera, no me gusta que me vean mal, y siempre he preferido dar envidia, en lugar de pena. Aún sin embargo fastidiaban los comentarios: que si mira con que zapatos juega, que si ya no estás en edad, que a quien se le ocurre ponerse a correr.
Empieza una odisea por las cosas más simples: mear, peinarse, afeitarse, lavarse la cara, ducharse.
El día 23 operación, anestesia local (epidural) y 40 grapas. Miedo, mucho miedo al dolor, que luego nunca llegó.
Calmantes durnate la noche y las Navidades en la Fe. No era así como hubiera planeado pasar mi primera nochebuena junto a Eva
Luego y antes: mil visitas.
27 de diciembre, alta del hospital y a dormir a casa con un Neofrack (una funda a modo de escayola con cremallera, por encima de la rodilla), y las muletas riéndose de mi y de mi torpeza, sobretodo a la hora de subir escaleras.
3 de enero aparecemos por la mutua creo que en la primera salida de casa desde que subí el 27, 7 de enero volvemos a salir de excursión, de nuevo a la mutua. Además se le ocurre al bueno del médico quitarme las grapas y a funcionar. Todo va mucho mñas aprisa de lo que me habían contado
18 de enero. El médico considera que llevo demasiado tiempo el neofrack y decide quitármelo, dtodo de golpe. De llevarlo tapado hasta la rodilla, a quitarmelo todo, a cambio, me intenta venderme un calcetín ortopédico, que lo único que hará es abrirme la herida. Además no tengo flexibilidad en la rodilla. Mi talón dista mucho de llegar al culo y cuando lo intento veré las estrellas. Pero a fuerza de insistir todo llega
24 de enero. Voy sin tener visita, porque lo del calcetín no es normal, así que cambieme el asunto. La solución: No te lo pongas. A cambio me receta un alza para unos zapatos (un tacón vamos), y me emplaza ál día 31.
31 de enero. Me envía al fisio, que emoción. Un taxi vendrá a buscarme todos los días para hacer rehabilitación. En 15 días he conseguido una flexibilidad en el pie que no me imaginaba. Casi los 15 días han sido los mismos ejercicios: Movimientos sobre la camilla, y patinete y maquina de coser. Los dos primeros días también hubo ultrasonidos, pero ya. Luego a la semana fue el mismo fisio el que se apoyaba sobre mi pie para hacer fuerza.
24 de febrero. Vuelta al médico, ermpieza la cuenta atrás, me quita el taxi. A partir de hoy mis viajes serán en transporte público, me quita una muleta y me quita el tacón que hace casi un mes llevo. Y me cita de nuevo para el 16, me adelante que ese día me dará el alta (todo está por ver). En estos 15 días de fisio he recuperado 15 grados el pie. Ya me coloco en 85 º, cuando se puede considerar normal los 90 grados, aunque la gente llegue a los 110. 15 días más 15 grados más. A ver si es posible.
En esta nueva etapa de fisio que empecé ayer hemos empezado un ejercicio nuevo, y es que me ha enseñado a andar. Me paso casi una hora entre dos barras, cruzando 5 metros a un lado y a otro: apoya el talón, la parte exterior del pie, la punta, levanta el talon del otro pie, la planta, la punta, el cuerpo va con el pie... Todo es tan suave, y tan difícil, tengo que dejar de hablar para ocncentrarme en mis pasos. Incluso mientras voy moviendo los pies los ojos se me acristalan y cae alguna lágrima en el parqué, mis calcetines la borran y sonrío, como intentándome esconder que la lágrima era mía, mientras una chica, sentada junto a la barra recibe calor profundo mientras sigue con la mirada mi paso. No sé si se ha dado cuenta de la lágrima; yo no la he mirado, para no cruzarme con su mirada.
No me duelen los pasos, me duele ver que aún tengo tanto por aprender y que las cosas más sencillas son las que cobran más importancia.
Hoy ya he ido en tranvia y metro. Toda una odisea, el paso pausado que me aliena del gran grupo de peatones. No hay prisa, no hay carreras, no hay miradas al fondo, sólo una que sigue mis pasos. En el metro, una señor mayor y algo retrasado me cede el sitio. - No hace falta - le intento decir, pero el hombre ya se ha levantado. No era una pregunta, era una afirmación. En el metro más de lo mismo, una mujer mayor se levanta para cederme el sitio, con celo para que no sea otro/a quien ocupe ese lugar. Me siento inválido por el gesto; ella lo intenta disculpar con un "yo me bajo en la próxima parada".
El viaje de vuelta no fue igual, no hubo misericordia, nadie vio mi muleta entre el montón y si la vieron nadie hizo por apiadarse. Entonces si que andaba cansado del viaje de ida y de la rehabilitación, además llueve y hace frío. Sin embargo mi paso sigue siendo el mismo, un paso sin prisa, un paso pausado, con la mirada siguiendo mis pies, mientras otra lágrima, esta vez disimulada por la lluvia, vuelve a caer frente a mis pies.