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miércoles, 9 de agosto de 2006

El final

Nunca me importaron mucho los finales, porque al final todo sale bien.
Aprendí que lo importante en un camino, la meta no está al final,
sino en el mismo camino... porque el final, antes o después siempre llega
y al final todo termina bien, y si no termina bien es que aún no era el final.
Le escuche decir el otro día a Gregory House que no me preocupara,
que al final todo acababa bien, que el problema derivaba de saber
cuando llega realmente el final.
Aún así disfrutemos también de ese camino hasta el final,
porque realmente es lo que vivimos,
el final es solo un segundo, un punto en el espacio,
casi sin tiempo en un suspiro...
Y que en muchas ocasiones no es ni tan siquiera el final,
sino solo el momento en le que nos gustaría que todo terminara,
o no que terminara, sino que se congelara, para disfrutar
ad infinitum de esa felicidad.
Pero esa felicidad sólo tiene sentido cuando viene acompañada de dolor
(quizás no sea esa la mejor palabra para definirlo)
pero sólo valorar lo que tienen aquellos que un día no lo tuvieron
y con la felicidad pasa lo mismo.
Sólo puede ser feliz el que un día no lo fue.
Vivir eternamente felices debe ser un autentico coñazo.
De todos, ya digo, los finales no existen,
más bien son los momentos en los que nos gustaría que fuera el final,
pero tras todos los finales hay un nuevo principio.
¿Dónde creeis que fueron Cenicienta y el Príncipe?
Pues algunas perdices comerían,
pero cuando Cenicienta se saltaba le protocolo de palacio,
o no cedía a los deseos sexuales de un príncipe caprichoso y consentido;
las discusiones y peleas, al borde de la separación
porque el príncipe se iba de putas con sus amigos
(a tomar unas copas para el resto del pueblo incluida mujer),
la depresión y los narcóticos que sedaban a Cenicienta
eso no lo cuenta el cuento, ni lo fea que se volvió
fruto del alcohol consumido...
Los finales son solamente esos momentos felices que queremos congelar.