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martes, 1 de marzo de 2005

Brummel

Ayer recordé lo del anunció.
Se la juega en las distancias cortas, y lo recordé cuando iba en el metro y cuando subi al acensor.
Recordé de cuando estudiaba, que uno necesita un espacio vital y que nadie se lo invada, y ese espacio depende de la ocnfianza que tienes con las personas, y os aseguro que en el metro, ni en el ascensor, fuera de mis perversas fantasías, ni las distancias son las mínimas, ni mis congéneres son de mi confianza.
Por tanto ante esta situación, no me queda otra cosa que hacer experimentos sociológicos y reírme o sonreírme por los resultados.
Subo al ascensor y intento no pegarme a la pared. No hablo. Miro a la cara a mi vecino y le pregunto el piso y sin dejar de mirarle a la cara espero su respuesta que apenas es precedida de una milésima de segundo de cruce de miradas. Luego vuelvo a mirarle a la cara, mi vecino se mira el reloj, se mira la mano, mira la esquina superior del ascensor, como si fuese a haber una grieta. Si es una vecina y lleva un escote de escándalo, todo es mirar a otods lso lados, menos perder la mirada entre aquel mundo que me llama como un imán, y la situación se convierte en más violenta todavía.
Lo mismo sucede al subir al metro, si este va lleno, primero se reducen las conversaciones, la palabra se convierte en un arma afilada en las distancias cortas, un silencio sepulcral similar al de un velatorio, sólo el ruido de los railes y los frenos rompe con esa tensión, pero si somos capaz de obviar ese ruido, nadie mira a nadie. Siu alguien mantiene una conversación todos los oídos están puestos en esa conversación. Y ya sabemos que su marido se llama Manolo y que la esperará en la puerta del metro con un paraguas, que ya podría llevar también uno para el resto de pasajeros que nos paramos en la misma parada. Sin embargo, las miradas se rehuyen, cuando el vagón va embutido de personas. Levantas el brazo para agarrarte de la barra y los olores se hacen más tensón. Me he duchado esta mañana, pero... es que llevo a una mujer pegada a mi sobaco, y en frente una melena rubia que destila un perfume con olor a tentación. Incluso mis labios están más cerca de su cuello, por el vaiven del vagón. Y sentir la respiración de otro en tu cogote ¡Qué asco! (o que morbo). Yo la verdad es que en eso no tengo problema porque soy alto.
Sea como sea es curioso subir al metro, o al ascensor, y tentar a las leyes de Brumel, donde te la juegas en las distancias cortas