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domingo, 31 de diciembre de 2006

Tren Bala

A una velocidad de 30 kilómetros por segundo gira la Tierra alrededor del Sol, pero eso no es nada comparado con lo rápido que discurre el tiempo a bordo de esta nave enloquecida, sobre todo cuando uno va ya cuesta abajo pilotando el cacharro de sí mismo sin frenos ni manillar hacia el fondo del barranco. A cierta edad, la vida se convierte en un tren bala por cuyas ventanillas, como los viejos postes del telégrafo, cruzan los años, los sucesos y la memoria con un movimiento uniformemente acelerado, y no hay dios que pueda detener a este convoy. Pese a todo, esta Nochevieja podremos formular una vez más un nuevo deseo de felicidad mientras suenan las 12 campanadas. La Tierra gira también sobre su eje, así que los fuegos artificiales y taponazos de champaña se iniciarán en Australia, y el jolgorio se irá extendiendo de este a oeste para formar una ola de locura momentánea sobre todos los meridianos del planeta. Cuando en Moscú la gente, borracha hasta las patas, comience a cantar derramando lágrimas de vodka bajo las serpentinas, en Sidney ya estarán durmiendo la mona, pero en Nueva York ni siquiera habrá amanecido y en California aún será el día anterior. La ola de luz prenderá durante unas horas sucesivamente el corazón de las ciudades, Berlín, París, Madrid, Lisboa, y se irá apagando por detrás. Pasará por zonas oscuras de hambre y de guerra donde sólo brillarán en las tinieblas las flores de fuego de los coches bomba, y luego las promesas de amor y todos los sueños de 2007 se ahogarán en el Atlántico. Los gritos de alegría llenarán toda América, naufragarán después en el Pacífico y cuando lleguen a Hawai será el fin de este viaje, y mientras allí las bayaderas con collares de rosas estén todavía agitando las caderas, en Europa ya sonarán los valses de Strauss del concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena y el Papa estará vertiendo desde el balcón del Vaticano una bendición anillada en oro, urbi et orbi, sobre la humanidad, que parece caminar ciegamente hacia el acantilado como aquella bíblica piara de cerdos.

¿Cómo podría uno esta noche detener el tiempo? Si desde el fondo de un pestilente basurero se mira hacia lo alto, cualquiera podrá ver la constelación de Orión a modo de guerrero con cinturón de estrellas caminando por el cielo; si uno se sienta ante la chimenea y se queda absorto contemplando las formas infinitas que adoptan las llamas, tal vez pueda imaginar que ese fuego y el de los astros son perennes y arden lo mismo que cualquier deseo.

Manuel Vicent